Siento 100 libras en forma de almohadas acojinadas en cada pulmón,
así es que pesa el cuerpo y se joroba la espalda cansada de llevar
por 21 años cada sostén en un cuerpo de mujer.
Hay 120 horas aprendiendo a buscar un propósito y una voz,
al que se la han cortado saliendo con el invisible cuando beso por ahí a un fantasma.
Son 731 días sin tu abrazo, con tu memoria, en cada paso,
y un tatuaje que vuela por los mares y junta dos países.
Son 1000 canciones aprendidas de memoria con unas 20,
que cuentan las historias, de manera que los 30 archivos,
llenados contigo de fotografías sirvan de abrigo
cuando este frío ataca al corazón.
Y son tres cicatrices, una encima de otra,
unos 16 días hablando con Dios perforada con un suero
lleno de fe, diciéndole que estoy para él.
Es todo una silueta de un mundo
que cambia con el ruido del silencio.
Son 24 horas puñales en el pecho por la soledad,
y son unos 8 días en septiembre que marcan guillotinas
del tiempo presente, donde van las velas cada año más como almas danzantes.
Y en mi cabeza, salen preguntas,
¿donde están los ilegales,
ciudadanos del universo,
porque les llaman ovnis si no tienen otro planeta?
¿ Y a dónde van los árboles ya muertos que no se vuelven libretas?,
¿y las mujeres que en forma de plaga, con insecticidas,
hieren y matan, quien un día las amó?.
Van 17 años de estudio, para saber que la vida es un regalo
y que ser feliz consiste en desenvolverlo bien.
Y serán tres títulos, enmarcados, los que harán que vuelen muchas citas,
sabiduría, mezclada con la experiencia, para engendrar libertad.
Y en cada galón de agua que cae en un cuerpo como baño,
hay burbujas de letras, mientras otros tantos se mueren de sed.
¿Cuesta un pasaporte, acaso tanta sangre?
Me costó un pasaje, dejar de ser invisible.
No vale la pena perder las raíces,
que con matices pintaban a esta tierra los antecesores
de más de 500 años y millones de días.
Te costó una Cintia suicidar a la mujer que te amó,
me costó una lágrima decirte adiós,
me costó la vida, y qué alto precio; mirarme al espejo y entender,
que ese reflejo, junto con lo ajeno, hace que todo valga la pena.
Y fue una visión, un ángel, unos miles de muertos y cuatros con mi sangre,
Para ver que al final, el final, sólo está en mí cuando yo le ponga un punto.
Costarán varios libros, algunos hierros y 11 segundos, leerme y resucitarme.
Todo ha sido una mudanza constante,
una mudanza consonante y al volante siempre... la poeta,
con bolígrafos y computadoras de maletas.
En mi nombre siempre, tres puntos infinitos.