Las maletas que he cargado
Dice un dicho, que si quieres que Dios se ría, le debes enseñar tus planes. No creo que papá Dios lo haga a propósito, mucho menos con tono malvado, sin embargo, entiendo qué quieren decir. Planifiqué mi vida a los 13 años. Me quería ir a los 18, hacer el bachillerato, maestría y doctorado corrido para tener el título a los 25. Trabajar 3 años en lo que conocía al príncipe que sería mi esposo y a eso de los 29 responsablemente, sería mamá. El problema no ha sido luchar por lo que quiero, porque he descubierto con el tiempo que si tengo la meta clara no hay problema, lo consigo. Así como quise sacar mi libro, y lo tuve que hacer sola, trabajando y comiendo pulpo enlatado y sopitas para ahorrar todo el dinero posible por mi sueño.
Los estudios, las charlas, los momentos agotadores en donde yo quería una siesta y terminaba levantándome al otro día con la misma ropa, para salir disparada a comenzar un día agotador pero productivo, con propósito, para mí. En el primer año, ya andaba tomando una clase de teorías de la comunicación que no hizo más que inyectar más ímpetu al sueño de estar de ese lado del salón. La imaginación y la creación intelectual corrían como ríos de agua hacia el mar del plan que había trazado para lograrlo. En el último año, fui "super women". No sé como pude, hasta ahora me lo preguntan y no sé como contestarles, más allá de establecer que tenía a la agenda y a los bolígrafos de amigos. Un trabajo de 34 horas, 7 clases para un total de 21 créditos universitarios con tesis incluida y clases tan complejas como el árabe y dos seminarios, y además en cualquier momento salía disparada a dar conferencias gratuitas con el bulto lleno de libros, sin carro, para buscar prevenir la violencia en el noviazgo a través de mi primer sueño realizado: "Lo que no dije", mi librito.
Entonces, fui y vine a varios internados hasta que me tocó experimentar el mundo del que se va, del que extraña, del que descubre quien es porque solo cuenta consigo mismo. Y así pasé la soledad acompañada con quehaceres y más asignaciones. Y como lo único que sabía por excelencia era crear momentos que estuvieran siempre ocupados, eso mismo hice. Volví a trabajar y estudiar y con eso exploré el concepto de la familia no desconocida, el descubrimiento de mi tío que me dio energías como si fuera mi padre, y me cobijé en el mejor amigo que obtuve mayormente por teléfono y fines de semanas posibles. Y entonces, la recesión tocó a la puerta y los trabajos eran baratos o gratis, y no había nada y lo que había tenía fecha de expiración. Con eso también expiraba el plan "perfecto" porque si se me atrasaba una cosa se me atrasaba todo. En fin, me tomó entender que no hay casualidades sino causalidades a las que uno le da la bienvenida una vez acepta y ama la misión y el propósito más que el plan.
Uno debe amar su propósito, debe querer el camino para llegar ahí- porque sin duda, cambia y con eso cambia uno, usualmente para bien. Cuando me tocó cambiar, por meses, estuve paralizada por que el plan fue desbaratado por las circunstancias. Lo mejor, o peor, es que siempre tuve la fuerza para mirar hacia delante y ver que otros estaban mucho peor porque perdían la fe con cada dólar que le sacaban del bolsillo o de la cuenta. Sobreviví esta vez por amor, por fe, por la familia y por el carrito y los burritos de Taco Bell. Sin determinación pero con esperanza, emprendí el viaje para tratar de ver qué me deparaba el destino laboral y la compañía.
Muchas cosas cambiaron inmediatamente y Ada se enfrentó a Ada, esta vez más fuerte que en cualquiera de las situaciones anteriores y al cabo de meses, entendió que aunque no sabía al 100% lo que quería al menos sabía lo que no y con eso hizo una movida para su propio descubrimiento. De la misma manera que antes de salir de Miami tocó decir, "Señor encárgate" y pasó lo que pasó para irme de allí, tuve que decir, dale, "Señor, encárgate, llévame a dónde sea que tenga que ir". Y así intenté, de nuevo, de mirar más allá del puntaje que me dio un examen y apostar por el que me daba yo misma. Aposté a ganar y gané. Gané al menos saber a dónde iba a parar -temporal o permanentemente- sin saber que me enfrentaría a otra batalla para definir, qué era lo importante, cuáles eran mis miedos, qué debía hacer. Esa es otra historia... y la decisión... bueno, se enterarán pronto.
Poco sabía que mi libro Mudanza Constante, más que un título parecía ser una filosofía. Y la descripción que di en mi introducción, se volvería y es mi credo- sin duda.
"Todo ha sido una mudanza constante, una mudanza consonante y al volante siempre, la poeta, con bolígrafos y computadoras de maletas. En mi nombre siempre, tres puntos infinitos".
